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Un personaje ficticio

Se han inventado un personaje, que es el Makelele, y me están jodiendo la vida.

La entrevista completa que le hizo La Voz de Galicia a Jorge Luis Sosa, Makelele.

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Makelele

Conocí a Makelele con quince años. Faltaba mucho tiempo aún para que a él lo metieran en la cárcel y saliera en la portada de todos los periódicos. Estábamos en un de Vigo y se celebraban las fiestas escolares. Algo pasó durante un partido de fútbol y él acabó alzándose como protagonista indiscutible de una pelea. ¡Bulla, bulla, bulla! Enfrente estaba un amigo mío. Makelele era un chaval pequeño, creo que de gafas y con pinta enclenque. Aun así, tenía la lengua muy suelta y el extraño vicio de cagarse en la madre del prójimo a la mínima; un deje que era inversamente proporcional a su altura. Pero nunca le habrías dado un puñetazo, más bien le habrías partido la cara de una bofetada a mano abierta. Plaf. Y límpiate los mocos, nené. Todas esas intenciones quedaban diluidas al ver el panorama. El tío aparecía rodeado por diez marulos que ejercían de guardaespaldas y guardalenguas. Debía de parecerles gracioso o algo. No lo sé. Sí sé que, aunque no era del colegio, nadie se atrevía a toserle. Eran tiempos en los que la fuerza de alguien no se medía por sus brazos, sino por la cantidad de gente que lo rodeaba. “Yo muevo peña”, razonaban los aficionados a abrir la boca más de la cuenta. No había más que hablar. Les dabas la razón y te ibas. Solían apostillar la frase con un latiguillo de propina para ganar credibilidad: “¡Oístes!”. Pero eso ya es otra historia.

La cosa no pintaba bien. Nosotros éramos unos críos que aún podíamos contarnos los pelos de la barba y estábamos acojonados. Yo ya había oído hablar del Makelele de marras muchas veces. Lo llamaban así porque era negro, claro, y a mí me tocaba mucho las narices, porque me gustaba llevar mi camiseta del Celta con el nombre del jugador francés y el número 23 serigrafiados a la espalda. Joder, muy bien lo pasé con el Celtiña de esos años. Lo que me preocupaba no era que fuese negro o azul, ni siquiera sus juramentos en arameo dándonos recuerdos para nuestras familias. Me preocupaba la decena de lobos hambrientos y bebidos, colmillo goteando, dispuestos a saltar para defender el buen honor —la lengua— del chaval. Era un macarrilla. Un bullanguero, un niñato imberbe y camorrista que se moría por exhibir su infantil hombría. Debía de tener trece o catorce añitos.

No sé cómo lo hizo Alberto, pero consiguió zafarse de Makelele y sus secuaces sin perder ni una gota de sangre. De muy mala gana, eso sí, porque se le había hinchado rabiosamente la vena de la frente y el crío se había marchado triunfante, jaleado por sus inefables matones. Durante años nos acordamos de él en voz alta con adjetivos que no vienen al caso y a Alberto se le seguía hinchando la misma vena.

Un día, varios años después, con algún pelo más en la barba y sin tantos adjetivos, volvimos a tropezarnos con Makelele. Era un tipo más alto y delgado, con claros síntomas de una afición incipiente al gimnasio y un pirsin en la ceja. Era devoto de muchas otras cosas, sobre todo algunas que se mezclan con tabaco en un papel de liar. Me imagino que también de alguna otra que no requiere ni mezcla ni papel de liar, sino solamente haberse sonado bien los mocos. Seguía gastando el acentillo macarra de antaño, es decir, alargar mucho la penúltima sílaba de cada frase y apostillarla con el inconfundible “oístes”. “Y el ghicho se me rebotó tooooooooooodo, oístes”, narraba. Y claro, yo oía. Éramos rivales en una liga de fútbol sala. Entre partidos, hablábamos en clima distendido. Contaba cosas que le pasaban por las noches o comentábamos alguna jugada. Por supuesto, él no se acordaba de aquel amago de pelea que había iniciado hacía años. Habría bregado muchas más bullas, supongo, y mucho más reales. Al fútbol le pegaba bien. Siempre nos clavaba algún gol. Pero no lo restregaba, iba a lo suyo. Era un cabeza loca, de eso no cabe duda. Y él lo sabía. Pero no le teníamos miedo porque, aunque chulesco como siempre, ya no era tan camorrista. Lo eran mucho más la mayoría de sus compañeros de equipo, que sí que nos acojonaba. Él mismo tuvo que pararlos en alguna ocasión en algún lance de partido. El Make.

Le perdí la pista durante años. Volví a encontrármelo hace poco, en el periódico. Jorge Luis Sosa, alias Makelele (New Jersey, Estados Unidos, 1986; padre de un hijo; expulsado de la Marina española en Ferrol por consumir drogas; detenido hace un año por pilotar un quad a 110 por el centro de Vigo; detectado por un radar poco después a 120 también en el centro; detenido días más tarde en Ferrol por conducir borracho y provocar un accidente con heridos; repartidor de pizzas) acababa de ser uno de los protagonistas de la muerte de dos personas en Vigo. Él y el conductor que iba al lado pusieron sus respectivos Audi A3 y BMW a setentaypico y cientoypico por hora por el centro de Vigo. En un momento del alocado desenfreno se tocaron y el BMW, que hacía volar un tipo al que llaman El Muelas, se comió a un pequeño Citroën AX que venía de frente. Manolo y Loli. 54 y 53 años. Casados. Volvían de una cena. Murieron en el acto. Makelele se fugó y horas después reapareció. Prisión preventiva, el seguro le paga la fianza de 12.000 euros y unos días después ya está en su casita esperando el juicio. Hace dos semanas, vuelve de marcha a su casa y la policía lo caza en una moto, sin carné y borracho.

En el momento no lo reconocí. Supongo que uno no se imagina nunca conociendo al que aprieta el gatillo. Su imagen me vino a la cabeza el otro día, cuando me encontré tirado el suplemento Crónica, de El Mundo y vi la foto que acompaña estas líneas. En Vigo hay trescientos Makeleles que traen a la memoria la época dorada del Celtiña, unos por morenos y otros por otros atributos. Pero ninguno tan crack como este.

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