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Yo ya lo dije

EL TIPO TIENE su momento de gloria. Se dispone a hablarles a millones de personas. La selección española de fútbol se acaba de meter en la semifinal. Él está en la calle con una chica, celebrándolo y medio borracho. La cámara lo enfoca, la periodista le pone la alcachofa en la boca y en ese momento único él tiene varias alternativas: puede ponerse a berrear “España, España” y hacer algún tipo de baile estúpido; puede hacer un serio análisis del partido salpicándolo de tópicos tipo “Son once contra once y los penaltis son una lotería, pero el fútbol es así y por fin hemos roto el gafe de cuartos”; puede dirigirse a su madre, a su jefe, a su abuelo, puede… Incluso puede disertar sobre el crecimiento en las cifras de negocio de las principales empresas españolas durante el último año aun a pesar de la crisis económica —desaceleración para quien guste—, de la subida de los precios de los carburantes y de la caída en la confianza de los consumidores, hecho que sin duda atenaza el desarrollo potencial y real de media Europa y que sólo se puede paliar poniendo en marcha políticas de corte keynesiano para fomentar el ahorro y el ulterior consumo de las familias.

Pero no. Mira a la periodista, sonríe de lado, se atusa el flequillo y proclama con voz rascada: “Yo ya lo dije”. Asiente cuatro o cinco veces convencido, la mirada satisfecha, regocijándose en su primer augurio de que España sería finalista y, sólo después, apostilla: “Y mucho antes de que empezara la Eurocopa”.

Ahí lo tienen, señores. España. El lugar donde todos sabemos todo, país de óraculos. Rappel, héroe nacional. Hasta el Rey le decía a la reina, orgulloso y satisfecho, que sí, que a él ya le parecía que Casillas iba a parar el penalti a De Rossi. La única pena de ese partido fue que Güiza fallara su lanzamiento. Pero bueno, desde el principio estaba cantado que no lo iba a meter. Yo ya lo dije.

*Actualización de las 2.00 h. (España campeona de Europa): Estaba cantado. Llevo años diciendo que Luis Aragonés es el mejor entrenador del mundo, y tal.

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Al principio, su frase me hizo reír. Pero la tipa me taladró una mirada que me dejó clavado en el suelo, con ganas de llamar a mi madre para que acudiera a rescatarme. Estábamos en un concierto de rock, ahí por la décima fila, o así. Por eso, cuando me dijo aquello de “¡Ten cuidado! ¿No ves que estoy sacando una foto?”, imploré al santo Doctor House que acudiera en mi ayuda y me inspirara una frase para que a aquella inexperta del rock se le atragantara su niñería. Pero su mirada sólo me permitió balbucir algo que ni yo mismo entendí, fruncir el entrecejo de arrepentimiento y escabullirme como pude. Claro, Lenny Kravitz estaba a menos de diez metros. Y hay cosas que tiran más que dos carretas.

Es curiosa la necesidad que tenemos de guardarlo todo. En ese concierto estuve al lado de gente que apenas soltó el móvil para beber un trago o para dejar que fuera algún amigo el que grabara las canciones. Se pasaron dos horas y media haciendo vídeos o sacando fotos. Capturaban inolvidables momentos que ni habían disfrutado. Si pones en YouTube “Lenny Vigo” te salen 50 resultados, que no está mal. Yo mismo acabé grabando con el móvil un par de temas se oyen fatal, por cierto. Tienes ahí el aparatito que lo puede hacer, y lo grabas. He ido a unos cuantos conciertos en los últimos años y nunca había grabado nada. Si acaso un par de fotos y a botar, que a eso vamos. Pero la tecnología ha hecho que cambie hasta la forma en que meneamos la cabeza en los conciertos de rock.

Makelele

Conocí a Makelele con quince años. Faltaba mucho tiempo aún para que a él lo metieran en la cárcel y saliera en la portada de todos los periódicos. Estábamos en un de Vigo y se celebraban las fiestas escolares. Algo pasó durante un partido de fútbol y él acabó alzándose como protagonista indiscutible de una pelea. ¡Bulla, bulla, bulla! Enfrente estaba un amigo mío. Makelele era un chaval pequeño, creo que de gafas y con pinta enclenque. Aun así, tenía la lengua muy suelta y el extraño vicio de cagarse en la madre del prójimo a la mínima; un deje que era inversamente proporcional a su altura. Pero nunca le habrías dado un puñetazo, más bien le habrías partido la cara de una bofetada a mano abierta. Plaf. Y límpiate los mocos, nené. Todas esas intenciones quedaban diluidas al ver el panorama. El tío aparecía rodeado por diez marulos que ejercían de guardaespaldas y guardalenguas. Debía de parecerles gracioso o algo. No lo sé. Sí sé que, aunque no era del colegio, nadie se atrevía a toserle. Eran tiempos en los que la fuerza de alguien no se medía por sus brazos, sino por la cantidad de gente que lo rodeaba. “Yo muevo peña”, razonaban los aficionados a abrir la boca más de la cuenta. No había más que hablar. Les dabas la razón y te ibas. Solían apostillar la frase con un latiguillo de propina para ganar credibilidad: “¡Oístes!”. Pero eso ya es otra historia.

La cosa no pintaba bien. Nosotros éramos unos críos que aún podíamos contarnos los pelos de la barba y estábamos acojonados. Yo ya había oído hablar del Makelele de marras muchas veces. Lo llamaban así porque era negro, claro, y a mí me tocaba mucho las narices, porque me gustaba llevar mi camiseta del Celta con el nombre del jugador francés y el número 23 serigrafiados a la espalda. Joder, muy bien lo pasé con el Celtiña de esos años. Lo que me preocupaba no era que fuese negro o azul, ni siquiera sus juramentos en arameo dándonos recuerdos para nuestras familias. Me preocupaba la decena de lobos hambrientos y bebidos, colmillo goteando, dispuestos a saltar para defender el buen honor —la lengua— del chaval. Era un macarrilla. Un bullanguero, un niñato imberbe y camorrista que se moría por exhibir su infantil hombría. Debía de tener trece o catorce añitos.

No sé cómo lo hizo Alberto, pero consiguió zafarse de Makelele y sus secuaces sin perder ni una gota de sangre. De muy mala gana, eso sí, porque se le había hinchado rabiosamente la vena de la frente y el crío se había marchado triunfante, jaleado por sus inefables matones. Durante años nos acordamos de él en voz alta con adjetivos que no vienen al caso y a Alberto se le seguía hinchando la misma vena.

Un día, varios años después, con algún pelo más en la barba y sin tantos adjetivos, volvimos a tropezarnos con Makelele. Era un tipo más alto y delgado, con claros síntomas de una afición incipiente al gimnasio y un pirsin en la ceja. Era devoto de muchas otras cosas, sobre todo algunas que se mezclan con tabaco en un papel de liar. Me imagino que también de alguna otra que no requiere ni mezcla ni papel de liar, sino solamente haberse sonado bien los mocos. Seguía gastando el acentillo macarra de antaño, es decir, alargar mucho la penúltima sílaba de cada frase y apostillarla con el inconfundible “oístes”. “Y el ghicho se me rebotó tooooooooooodo, oístes”, narraba. Y claro, yo oía. Éramos rivales en una liga de fútbol sala. Entre partidos, hablábamos en clima distendido. Contaba cosas que le pasaban por las noches o comentábamos alguna jugada. Por supuesto, él no se acordaba de aquel amago de pelea que había iniciado hacía años. Habría bregado muchas más bullas, supongo, y mucho más reales. Al fútbol le pegaba bien. Siempre nos clavaba algún gol. Pero no lo restregaba, iba a lo suyo. Era un cabeza loca, de eso no cabe duda. Y él lo sabía. Pero no le teníamos miedo porque, aunque chulesco como siempre, ya no era tan camorrista. Lo eran mucho más la mayoría de sus compañeros de equipo, que sí que nos acojonaba. Él mismo tuvo que pararlos en alguna ocasión en algún lance de partido. El Make.

Le perdí la pista durante años. Volví a encontrármelo hace poco, en el periódico. Jorge Luis Sosa, alias Makelele (New Jersey, Estados Unidos, 1986; padre de un hijo; expulsado de la Marina española en Ferrol por consumir drogas; detenido hace un año por pilotar un quad a 110 por el centro de Vigo; detectado por un radar poco después a 120 también en el centro; detenido días más tarde en Ferrol por conducir borracho y provocar un accidente con heridos; repartidor de pizzas) acababa de ser uno de los protagonistas de la muerte de dos personas en Vigo. Él y el conductor que iba al lado pusieron sus respectivos Audi A3 y BMW a setentaypico y cientoypico por hora por el centro de Vigo. En un momento del alocado desenfreno se tocaron y el BMW, que hacía volar un tipo al que llaman El Muelas, se comió a un pequeño Citroën AX que venía de frente. Manolo y Loli. 54 y 53 años. Casados. Volvían de una cena. Murieron en el acto. Makelele se fugó y horas después reapareció. Prisión preventiva, el seguro le paga la fianza de 12.000 euros y unos días después ya está en su casita esperando el juicio. Hace dos semanas, vuelve de marcha a su casa y la policía lo caza en una moto, sin carné y borracho.

En el momento no lo reconocí. Supongo que uno no se imagina nunca conociendo al que aprieta el gatillo. Su imagen me vino a la cabeza el otro día, cuando me encontré tirado el suplemento Crónica, de El Mundo y vi la foto que acompaña estas líneas. En Vigo hay trescientos Makeleles que traen a la memoria la época dorada del Celtiña, unos por morenos y otros por otros atributos. Pero ninguno tan crack como este.

Isto é facer país. Si veis a una gallega caminando sonriente, quizás exhausta, y tarareando, despreocupada, aquello de “Unha vella a falta…”, sospechad. Es parte del sistema. La Xunta está empeñada en relegar el sacho al trastero. Comprobadlo aquí y, si queréis más detalles y consecuencias, aquí.

¡Menudo contrabandista!
¿Pagaría un canon a la asociación de armadores de la zona?

jesus was a pirate

El provocador

Ahí lo tienen, el paladín de la democracia, el defensor de los valores patrios, Federico Jiménez Losantos (El Mundo, 13 de marzo de 2008):

No es probable que Pedro Jota, Casimiro, Fernando Múgica, César Vidal, Luis del Pino y yo seamos inculpados como autores de la masacre del 11-M, pero tampoco lo descartemos. (…) todo es posible. Incluso que juzguen a Alcaraz y Ángeles Domínguez, cuyas asociaciones han acogido a la gran mayoría de las víctimas del 11-M, con Garzón de juez y asistido por un jurado paritario presidido por Pilar Manjón y con Pilar Bardem como secretaria, o viceversa.

Casi

Ningún partido político me ha dicho por qué tenía que votarlo. Me llegó a casa propaganda del BNG, del PSOE y del PP. El Bloque me decía que tenía que votar pensando en Galicia. Los sociatas me contaban que si no iba a votar sería tirar mis ideas a la basura. Rajoy me escribió una carta para ponerme a parir a Zapatero. Patrañas.
Es un poco lo que ha pasado en esta campaña. ¿Alguien conoce solo una gran propuesta? ¿Defender la libertad? ¿Buscar la igualdad? ¡Venga ya!
Esta ha sido la campaña de las no ideas.
Lo que yo creo que está en juego —y lo digo ahora, cuando aún no se sabe nada sobre los resultados, ni siquiera sobre la participación— es la credibilidad. O sea, la imagen. ¿Quién cree el ciudadano que es más creíble, más de fiar? Eso es lo que está en juego en estas elecciones. Ni ideas, ni reducciones de impuestos, ni viva España, ni la educación mola, ni nada. Solo saber quién crees que parece que te da la sensación de que todo apunta a que aparenta mentir menos, según parece. O no.
La campaña de la no política.
Menos mal que no vi la tele y no vi ni un solo anuncio electoral. Bueno, sí, vi uno. Y casi me convence: Falange Española y de las Jons… Casi.