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A mí los gestos de generosidad me conmueven. Les cuento. Israel ha decidido atacar indiscrimindamente Palestina. Una vez más. La comunidad internacional ha respondido como un solo hombre contra los ataques. Bueno, excepto los míticos yankis, claro. Y esa protesta no ha caído en saco roto. No. En un gesto sin precedentes, que demuestra un inconmensurable desprendimiento por su parte, Israel ha decidido parar. Entre las 11.00 y las 14.00 esa avalancha de aviones, helicópteros y misiles se detendrá.

Es generoso. Dadivoso, esplédido, altruista, noble. Aun más, munificente —que es una palabra que acabo de aprender—. Me explico, aunque ya habrán deducido a qué me refiero. Un país democrático como Israel, con un Gobierno que apuesta como ningún otro por el respeto a los derechos más básicos, no podía olvidarse de sus trabajadores. Y los soldados, ustedes comprenderán, son eso, trabajadores. Cualquier currante tiene derecho a un pequeño descanso a mediodía. Comer, estar con la familia, echar la siesta… Cargar un poco las pilas, vaya. Que por la tarde también hay que trabajar. Y matar niños es, sobre todo, muy cansado.

matanza

Un hombre lleva a una niña muerta en un ataque del Ejército de Israel a dos escuelas de la ONU en las que había refugiados palestinos | EFE

omar bin laden

Omar Bin Laden (AP)

Fíjense atentamente. El mismo perfil aguileño. La misma mirada serena. El mismo gesto de timidez. Observen cómo coloca las manos y qué juntas tiene las piernas. Su espalda recta. Reposa en un sofá cómodo pero no se relaja. Mofletes regordetes acostumbrados a cenar caliente. El mismo gesto paciente en la boca y la misma nube de desconfianza ante sus ojos. Parece dispuesto a aceptar cualquier cosa.

Sólo su chupa de cuero, las horas echadas en retocar la perilla y una cabellera trenzada pacientemente por manos profesionales, contradicen el tópico familiar. Son símbolos. Yo no soy como el resto, soy distinto, ¿no lo veis?

Se llama Omar Bin Osama Bin Mohammed Bin Laden y le pasa lo mismo que a todos los hijos de cantantes, escritores, arquitectos, artistas y políticos famosos: no puede fugarse de su apellido. Y como todos ellos, es un triunfador por cuenta ajena, un vulgar remedo de su padre que vive a tope precisamente por ser lo que no quiere: el hijo, sólo el hijo, de su padre.


Osama Bin Laden

Osama Bin Laden

Pongamos por caso. ¿Alguien se acuerda de una canción de Lolita Flores? ¿Qué habría hecho Javi Cantero si media España no se hubiera imaginado alguna vez a su padre comiendo un limón? Felipe de Borbón nunca será campechano aunque quiera, sólo será alguien que vive de usted y de mí; porque su padre, al menos, lo hace con gracia, pero ¿quién se imagina a Felipín en moto y prestando auxilio a un pobre conductor que se haya quedado sin gasolina en una fría y oscura noche de invierno? A Adolfo Suárez Illana sólo lo llaman para hablar del ex presidente del Gobierno que lo engendró y cuando quiere decir alguna otra cosa le dicen que sí, que está muy bien, que mire usted cómo son los críos, que se hacen grandes y quieren opinar, pero qué gran hombre tu padre, y abrígate que te coge el frío. Y al hijo de Angus Young… (la respuesta aquí, en la penúltima línea).

Uno se imagina al niño Omar de los años ochenta correteando de tienda en tienda. La entonces URSS y los amiguetes de Estados Unidos libraban en Afganistán una guerra a cara de perro. Los yankees  enseñaban a los talibanes a usar armas para bajarse rusos a tutiplén. ¿Fue Marx el que dijo que la historia es circular? Es igual.

Júnior, ¡Júnior! Deja ya esas granadas de los señores soldados y ven a comer, que hoy toca hamburguesa de camello con French fries.
La hamburguesa es un invento yankee imperialista dirigido a dominar el mundo e imponer un sistema neoliberal.
Omar, haz caso a tu madre. ¡Insolente cabrón de cinco años!

El chaval aprendía rápido. Quería ser pacifista, justo lo contrario que papá Osama. Pero su padre le había robado la barbocha, el peinado desgreñado y la pinta de alternata. Así que acabó optando por lo contrario y se hizo políticamente correcto. Un pijo.

El hijo díscolo del terrorista más buscado del mundo se presentó en Madrid la semana pasada. Pasaporte. ¿Tú no serás pariente de…?

Sí, soy Omar Bin Laden, hijo de Osama Bin Laden, ¿no sabe? Sí hombre, el de las torres aquellas… Eso es. Ése. Pues nada, que he venido a pedir asilo político.

Vaya por delante que presentarse así es honrado, pero no parece lo más inteligente. Le negaron el asilo en España, igual que se lo habían negado en el Reino Unido pese a que su mujer es ciudadana británica. En Egipto también lo han rechazado y ahora va camino de Qatar. A Omar, que tiene 18 hermanos, no lo quieren en ninguna parte. Pero su repentina aparición me ha hecho gracia porque nos ha mostrado muy a las claras una gran contradicción de nuestro Estado de Derecho, del Bienestar y de la Madre que lo Parió. Por un lado, es el hijo del pavo que frió a más de 3.000 jichos en las Torres Gemelas y que hizo añicos el orgullo de los norteamericanos. Por otro, es un fulano, un pavito, un notas. Un nadie. Un idiota que va hasta arriba de maría para dárselas de pacifista. Un fulano al que no se puede acusar de nada. No se le puede dejar entrar en un país porque pondría nervioso al personal. Tampoco se le puede rechazar, porque no ha hecho nada.

El zumbao de Freud, que se tiraba todo el día pensando en eso que dicen las mujeres que los hombres nos pasamos todo el día pensando aunque todos los hombres sabemos que son las mujeres las que se pasan todo el día pensando en ello, decía que para madurar hay que matar al padre. O sea, cortar el cordón umbilical, aprender a prepararse el biberón, a acunarse a uno mismo. Saber cómo limpiarse las caquitas y cambiarse los pañales, a ver si me explico. Algunos lo intentan con trencitas, con perillas bien retocadas, con chupas de cuero y hablando de pacifismo. Y quizás lo que les queda por hacer para ganar credibilidad es eso. Matar al padre.

Me temo

Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.

(Arturo Pérez Reverte, El Semanal, 15 de noviembre de ¡¡1998!!)

Ando un poco desnortado, porque esto de la crisis pone todo patas arriba. El presidente del Gobierno, que pertenece a un partido que se dice socialista y obrero, ofrece un aval de 100.000 millones de euros a los bancos españoles, por si las moscas. Los bancos son esos señores que no dan préstamos a la gente por miedo a que no les devuelvan la pasta. A esos tipos que piden montones de avales y que se forran guardando el dinero del personal, a esos usureros, es a quienes avala el Estado. Mientras tanto, un locutor de la extrema derecha llamado Federico proclama:

Desde que el Gobierno se dedica a utilizar mi dinero para rescatar a los bancos, se me está despertando una vena de clase…

Es decir, un partido de izquierdas y de trabajadores toma una medida que es claramente de derechas. Y un locutor de la derecha radical lo critica por ser poco izquierdista. ¿No es para volverse loco?

Un Kit Kat

Esto del libre mercado es muy duro. Háganse cargo. Uno se pasa el día jugándose la pasta vorazmente, y llega a casa destrozado. Hay momentos en los que conviene tomarse un respiro, un Kit Kat, vaya. Por eso, la reciente petición del secretario general de los empresarios, Gerardo Díaz Ferrán, no va mal encaminada. que haya un paréntesis en el libre mercado. Ya me entienden. Oiga, papá Estado, ya nos conoce, nos pasamos la vida preocupándonos sobremanera por estar a la altura de nuestra noble patria, por enriquecer a nuestro país —que ya sabe usted que una nación es más rica cuanto más ricas son sus principales empresas— desinteresadamente, por hacer que la sociedad prospere; es decir, trabajando honradamente. Y ahora que vienen tiempos duros, le proponemos un pacto. A ver si me entiende, que la cosa está muy malita y nosotros no tenemos nada que ver, sólo somos currantes. Esto no es culpa de nadie. Usted se mete en el fregao y pone la guita. Nosotros estamos dispuestos, incluso, a renunciar a las pérdidas y a quedarnos sólo con las ganancias. Por España. No diga que no es generoso.

Un personaje ficticio

Se han inventado un personaje, que es el Makelele, y me están jodiendo la vida.

La entrevista completa que le hizo La Voz de Galicia a Jorge Luis Sosa, Makelele.

LA VIDA ME acojona. Hace unas semanas estuve de vacaciones. Relajado. Y parecía aquello que se me notaban más de la cuenta las habituales ojeras y que estaba más esmirriado que de costumbre o que mis huesos hacían todo lo posible por escapar de mi piel. Que estaba podrido, vaya. No sé. Pero algo pasaba, porque los cajeros se empeñaban en darme dinero así, de tapadillo, como de contrabando, aunque no fuera mío. Un día voy a echar gasolina y el fulano me devuelve cinco euros de más. Miren que a mí, Repsol me cae como una patada en la barriga, panda de explotadores. Pero el caso es que al cajero en cuestión le vi cara de miñaxoia y se los acabé devolviendo.

Unos días después, me doy el placer de ir a hacerle la compra a mi santa madre. La cajera del Dia gasta un tinte barato, un mandilón raído y es amabilísima. Le doy 20 euros y me devuelve treintaypico. ¡Hala! Y yo, acojonado con semejante cantidad de dinero, le suplico casi de rodillas que me lo saque de encima. Ya tendrá suficiente la cajera como para que su jefe le monte un pollo. Pero no se confundan, lo mío no tiene mucho de ético: sólo estaba relajado por mis vacaciones, con ganas de ser buen pavo. Además, podría haberme quedado esa pasta que no era mía y gastármela en cualquier cosa diciéndome que los hijos de puta de Repsol expolian impunemente a los pueblos sus recursos naturales. O que los cabrones de Dia… ni siquiera ponen música en el súper… ¡y hasta te hacen pagar las bolsas! Que se jodan.

Amby Okonkwo, nigeriano sin papeles

Amby Okonkwo, trabajando (JULIÁN ROJAS)

El caso es, les decía, que la vida es acojonante. Porque yo no suelo tener que prostituirme demasiado para llegar a fin de mes —bueno, éste tal vez sí—. Y si algún mes toca, pues ya compensaré con otro. O ya pediré que me inviten a cenar. O lo que sea. Otra cosa es lo del señor Dom Amby Okonkwo —ese negrazo de la foto—, nigeriano, 44 años. Ya sabemos que ellos sólo vienen a robar, que decía el otro después de beber Rioja Gran Reserva. Pero Amby, sevillano de adopción, se encontró el otro día una cartera con 2.700 euros en efectivo y un cheque de 870. Llamó a la poli y se la dio. Porque no era suya. Luego, se fue a trabajar, que hay que levantar el país. A vender pañuelos de papel en el semáforo.