LA VIDA ME acojona. Hace unas semanas estuve de vacaciones. Relajado. Y parecía aquello que se me notaban más de la cuenta las habituales ojeras y que estaba más esmirriado que de costumbre o que mis huesos hacían todo lo posible por escapar de mi piel. Que estaba podrido, vaya. No sé. Pero algo pasaba, porque los cajeros se empeñaban en darme dinero así, de tapadillo, como de contrabando, aunque no fuera mío. Un día voy a echar gasolina y el fulano me devuelve cinco euros de más. Miren que a mí, Repsol me cae como una patada en la barriga, panda de explotadores. Pero el caso es que al cajero en cuestión le vi cara de miñaxoia y se los acabé devolviendo.
Unos días después, me doy el placer de ir a hacerle la compra a mi santa madre. La cajera del Dia gasta un tinte barato, un mandilón raído y es amabilísima. Le doy 20 euros y me devuelve treintaypico. ¡Hala! Y yo, acojonado con semejante cantidad de dinero, le suplico casi de rodillas que me lo saque de encima. Ya tendrá suficiente la cajera como para que su jefe le monte un pollo. Pero no se confundan, lo mío no tiene mucho de ético: sólo estaba relajado por mis vacaciones, con ganas de ser buen pavo. Además, podría haberme quedado esa pasta que no era mía y gastármela en cualquier cosa diciéndome que los hijos de puta de Repsol expolian impunemente a los pueblos sus recursos naturales. O que los cabrones de Dia… ni siquiera ponen música en el súper… ¡y hasta te hacen pagar las bolsas! Que se jodan.
El caso es, les decía, que la vida es acojonante. Porque yo no suelo tener que prostituirme demasiado para llegar a fin de mes —bueno, éste tal vez sí—. Y si algún mes toca, pues ya compensaré con otro. O ya pediré que me inviten a cenar. O lo que sea. Otra cosa es lo del señor Dom Amby Okonkwo —ese negrazo de la foto—, nigeriano, 44 años. Ya sabemos que ellos sólo vienen a robar, que decía el otro después de beber Rioja Gran Reserva. Pero Amby, sevillano de adopción, se encontró el otro día una cartera con 2.700 euros en efectivo y un cheque de 870. Llamó a la poli y se la dio. Porque no era suya. Luego, se fue a trabajar, que hay que levantar el país. A vender pañuelos de papel en el semáforo.



Con los años nos hacemos más cínicos por necesidad, por eso una muestra de dignidad humana nos desconcierta. Qué perdidos estamos que idolatramos a personajes de ficción como el Dr. House, y queremos volvernos como ellos…
No sé si la solución a los problemas del mundo es la inocencia y la bondad, pero lo que está claro es que puede que haya esperanza… dónde, habrá que buscarla.
Abrazos y felices vacaciones!
No te creas, Rudo Curtir, no quería hacer una reflexión tan profunda. House es un tipo cojonudo al que casi idolatro, pero no quiero ser como él. No quiero hablar de lo mal que va el mundo, ni de lo egoístas que somos, ni del cinismo, ni de los problemas del mundo. Tienes razón en lo que dices, pero no quiero hablar de eso.
Sólo de una historia. De un señor que tiene su trabajo y que se encuentra una cartera con pasta, con mucha pasta, y se preocupa por encontrar a su dueño para dársela. Ese señor se llama Amby Okonkwo y gana quince euros al día gracias a las moqueras del personal. Tendría que trabajar 180 días seguidos para ganar el dinero que se encontró en diez segundos. Recibe del propietario de la cartera 50 euros de recompensa y dice: “Me los voy a gastar en mi hijo”. Y no le van a dar el Príncipe de Asturias como al matrimonio filántropo. Sólo quería hablar de esa historia porque a mí esa historia me conmueve.
A mi me rompe en pedazos que historias de personas con el corazón tan grande, con una vida tan limpia y tan digna no se reconozca o su reconocimiento dure tanto como nos pueda durar un paquete de pañuelos de papel.
Las verdaderas historias son pequeños paquetes de papel. La sociedad se empeña en premiar, galardonar, reconocer a gente que habrá hecho mucho en su vida y la habrá dedicado a otros….pero no de forma gratuita. Podemos hablar de muchos personajes de la farándula, de muchos del corazón, de muchos deportistas de élite, de muchos superempresarios o actorazos de hollywood, de supermodelos…pero nos costaría decir el nombre de una sola persona que haya hecho algo de forma gratuita, que se de a los demás, y que lo haga, incluso de forma desinteresada.
¿Dónde tenemos el corazón?¿dónde la humanidad?
Contrabandista, a mi, me conmueven también esas historias, y que haya quien le dedique tiempo a mantenerlas vivas.